VIVIR Y MORIR COMO UN "SPOT".
Mientras, el sábado ruge entre resabios broncos de padres que son alcohólicos pero no lo confiesan e hijos que aburren la vida entre la risa ríspida de sus amigos y uno pasa por el Bulevar o por la colonias del Norte y piensa uno que cerca estamos del vacío de Orwell, de la pesadilla de Huxley y de la maldición de Baranowsky. Otra tarde de sábado en que espléndidos jóvenes se pasan la tarde en sorbos lentos de olvido mientras la juventud rebelde se desperdicia entre malas palabras y una pornografía del gesto que lleva a ninguna parte. Y uno piensa seriamente si no debemos empezar a preocuparnos más de nosotros como posible especie en extinción. O a lo mejor es culpa de los comerciales de la Tele. Si: los comerciales. Y es que si realmente existe una brecha generacional entre mis contemporáneos y los jóvenes de hoy, se trata de una diferencia epistemológica y tiene que ver con la rapidez para captar lo que llamamos "la realidad". Las generaciones anteriores a la mía aprendieron a captar lo que existe fuera de nosotros al lento y sosegado ritmo de las palabras, ya sea en libros o en tradición oral. El aprendizaje verbal requiere tiempo y paciencia: se devana despacio la madeja de los verbos y los sustantivos y uno va creando un mundo propio a partir del dato abstracto de la palabra. Yo ya viví bajo el bajo el impacto de una realidad expresada a toda velocidad y en imágenes supresoras de la imaginación. El cine y la televisión nos han dotado de imágenes concretas, de seres que no nacen de mi imaginación sino de lo ajeno que percibí. Si pienso en piratas veo a Errol Flynn y si pienso en gangsters pienso en Edward G. Robinson. La imaginación ha sido sustituida por la imaginería, como probó sobradamente Giovanni Sartori Pero entre mi generación y la actual hay una diferencia: yo crecí en un mundo sin anuncios comerciales de televisión y sin Nintedo. Aunque reconozco la paternidad de muchos de mis fantasmas en el cine, mi percepción de las cosas todavía fue hecha en el ritmo apacible de las palabras, que permitían que uno asistiera sin aburrimiento a clases en donde una profesora podía gastar varias horas en narrar una historia de sir Walter Scott. Pero los muchachos de hoy nacieron y crecieron con el impacto pleno de la televisión y sobre todo de sus anuncios comerciales. La clave epistemológica está en la velocidad: los jóvenes viven y hasta mueren de prisa porque su visión está marcada por el ritmo de los comerciales, y les resulta muy difícil asimilar el ritmo lento de las clases tradicionales y los maestros verbalistas. Los comerciales gringos, prodigios de talento y buen gusto, de tecnología e ingenio, lo llevan a uno a universos en donde las cosas ocurren fácilmente y en donde personajes y productos son de la cotidianidad y no de lo excepcional. Eso es porque las grandes industrias yanquis están hechas para vender a las mayorías y por eso deben reflejar su realidad lo mejor posible. En cambio nuestros publicistas deben promover artículos fuera del alcance de la mayoría nacional (como son bancos y carros nuevos, por ejemplo) y quizás por eso se sienten obligados a mostrarnos modelos ajenos a nosotros y a plasmar una realidad que apenas si coincide con la minoría de ricos de este país. Lo curioso es que hasta cosas populares, como el ron, el brandy y la cerveza, se expresan a través de ejemplos de la aristocracia. Es el síndrome del país prometido que sólo existe en un comercial de cerveza.

¿Será también por eso Romano, que con una facilidad que es tan frecuente que se hace natural, perdemos la ubicación? Me sigo preguntando, ¿Porqué tanta gente con el refrigerador vacío, cuando lo tiene, ahorra y gasta para hacer una gran fiesta por los 15 años de la hija?...
ResponderSuprimirTe mando un abrazo
sd