
Aquel martes estaba como siempre a esa hora, practicando esgrima mental con mi entrañable amigo Carlos Esquer, sumergidos en esa rama sucia del esoterismo que es la Economía, cuando irrumpe en la cabina de la XEDL, “La Fuerza de la Palabra”, un señor desconocido que se identificó AL AIRE como el historiador Alfonso Torúa,
y dijo iba a regalarme unos libros.
El programa es así, informal, casi un happening, y Torúa se puso al micrófono y hablamos de los libros: magonismo, yaquis, Revolución, Cananea, en vertiginosa sucesión porque el tiempo de transmisión acababa y Tomás Herrera veía la escena con sospecha desde la cabina del operador.
Y de pronto me suelta Torúa que quiere que yo comente su nuevo libro, “Poetas, Bandidos y Yaquis”, en el marco de las Horas de Junio.
Es una suerte que los Señores del Karma y la Virgencita de Guadalupe me hayan hecho hombre, porque me es difícil decir ”NO”.
Y el siguiente jueves, al lado del propio Torúa y de mi amigo José Luis Martínez entregué este texto:
“Enfrentar un libro virgen es una trampa de olvido y esperanza: uno debe dejar atrás sus propios bagajes, sus filias y sus fobias, olvidando sus fantasmas para asumir los ajenos, los que el libro por leer conjura.
Y es un acto de esperanza porque uno espera que penetrar la oscuridad ajena podrá cambiarnos de ruta, dotarnos de nuevas perspectivas y quizás, sólo quizás, hacernos un poco mejores en algún vago sentido.
Así enfrento “Poetas, Bandidos y Yaquis”. Como dice Serrat, no lo busqué: el libro me vino a encontrar.
Bajé mis prejuicios y entré en la oscuridad del Maestro Torúa.
Ante el mero título temí que “Poetas, Bandidos y Yaquis” tuviera que ver con los egoístas de Cajeme y su No al Novillo, pero Torúa me aclaró era un libro de historia. O más bien de historias. Y entré al libro.
Prosa seca, mineral, de espectros que se rescatan del olvido, de gestas que a veces hasta los que nos creemos profesionales de la Historia solemos olvidar.
Uno y otro capítulo, aislados en apariencia pero ensamblados en un todo: la lucha del anarcosindicalismo mexicano por la libertad de los seres humanos, la llama del magonismo flotando sobre la escoria de esa Revolución de lento aprendizaje que hemos padecido.
Si Durrell tiene Alejandría, Torúa tiene Cananea.
Por sus calles y sus minerales deambulan personajes de los que hemos sabido y otros que recién enfrentamos, como ese prodigioso Fernando Palomares, un yoreme que no nutre su vida de la tradición disciplinada de su estirpe, sino del sueño generoso de los falansterios de Charles Fourier, para de ahí dedicar su empeño en un cambio social que entonces como ahora parecía imposible.
O personajes como Luis E. Torres, lansquenete al servicio del Gobierno como tantos que aun existen, y que sirvió de peón sonorense en Yucatán en contraste con lo que después sería Salvador Alvarado y su proyecto nacional en ese misma lejana tierra cuajada de indómita sangre yaqui, que también ahí tiene cabida.
Reitero: Torúa omite adjetivos, rehúye metáforas: va al hecho y al personaje sin adornos innecesarios, dejándonos el espacio para nuestros propios signos de interrogación y nuestras propias viñetas. Por ejemplo, el fino trazo del repulsivo Salvador Díaz Mirón y su inútil pugna con Santanón, uno más de esos “bandidos sociales”, como los llama Torúa, del tipo Chucho el Roto, Malverde y hasta nuestro Joaquín Murrieta.
Y a propósito de Joaquín Murrieta: fantástica la crónica de la supuesta visita de Pablo Neruda a Cananea, en donde queda un toque de pestilencia por la forma en que ciertos medios descalifican lo que vaya en contra de sus intereses o los de sus amos. Y conste que me mordí la lengua al decirlo.
Hace muchos años, cuando daba clases y trataba de explicar las Guerras Púnicas a un grupo de adolescentes mas preocupados por sus hormonas que por Escipión, uno de ellos me reclamó: “profesor, para que me enseña eso: con la Historia no se puede hacer un sándwich de jamón”.
Y es cierto: con la Historia no se puede hacer un sándwich de jamón ni una torta ahogada y ni siquiera un plato de wakabaki como el que comían los Yaquis en la esclavitud yucateca. ¿Entonces para qué historiamos?
Supongo tiene que ver con cierta nostalgias prematuras o con fantasmas antiguos que habitan en el alma de cada ser humano. Dice Borges que el mundo existe hasta que él piensa el mundo. Los seres y los haceres de la Historia existen hasta que pensamos en ellos y nunca antes ni después.
Torúa nos regala seres: la sombra omnipresente pero ausente de Ricardo Flores Magón, los guerreros festinados por la huelga de Cananea como Práxedis Guerrero, Librado Rivera y Lázaro Gutiérrez de Lara, héroes del silencio ausentes del fasto pequeñoburgués de las Fiestas del Centenario.
Es curioso: hoy me queda claro que la Huelga de 1906 evitó el gran levantamiento armado de los anarquistas del Partido Liberal Mexicano.
Hacemos historia quizás para recordar que el maderismo fue enemigo de la verdadera Revolución, que lidió y quiso ahogar al magonismo y su Tierra y Libertad, que resonando en las cañadas de Morelos y también lo quiso ahogar, como al movimiento de Pascual Orozco.
Somos una patria con Alzheimer: Torúa nos cuenta cómo el periodismo de combate, el de Regeneración, fue la sabia que nutrió a los pocos que al término del conflicto armado lucharon por una verdadera justicia, aunque hallamos terminado en el país rico que ve Ernesto Cordero y que los 80 millones de pobres preguntamos qué pasó con la Revolución.
País con Alzheimer que hoy, a falta del Hijo del Ahuizote, se nutre de líderes sociales que vienen del periodismo, como Javier Sicilia, que recobra aquel sentido de lucha con palabras antes que con armas.
“La Constitución ha muerto”, nos recuerda Torúa en sus “Poetas, Bandidos y Yaquis”, y al término de su lectura, breve, escueta, dura como mineros bajando a la vieja mina para rescatar del olvido lo que fuimos o lo que pudimos haber sido, nos damos cuenta de que en verdad ha muerto.
Y en ese bosque de ideas y héroes, aparece la magna leyenda por rescatar: Teresita Urrea, la Santa de Cabora.
He terminado este viaje por la oscuridad ajena y salgo mejor que antes, con la esperanza de que las palabras del recuerdo se vuelvan vida”.
y dijo iba a regalarme unos libros.
El programa es así, informal, casi un happening, y Torúa se puso al micrófono y hablamos de los libros: magonismo, yaquis, Revolución, Cananea, en vertiginosa sucesión porque el tiempo de transmisión acababa y Tomás Herrera veía la escena con sospecha desde la cabina del operador.
Y de pronto me suelta Torúa que quiere que yo comente su nuevo libro, “Poetas, Bandidos y Yaquis”, en el marco de las Horas de Junio.
Es una suerte que los Señores del Karma y la Virgencita de Guadalupe me hayan hecho hombre, porque me es difícil decir ”NO”.
Y el siguiente jueves, al lado del propio Torúa y de mi amigo José Luis Martínez entregué este texto:
“Enfrentar un libro virgen es una trampa de olvido y esperanza: uno debe dejar atrás sus propios bagajes, sus filias y sus fobias, olvidando sus fantasmas para asumir los ajenos, los que el libro por leer conjura.
Y es un acto de esperanza porque uno espera que penetrar la oscuridad ajena podrá cambiarnos de ruta, dotarnos de nuevas perspectivas y quizás, sólo quizás, hacernos un poco mejores en algún vago sentido.
Así enfrento “Poetas, Bandidos y Yaquis”. Como dice Serrat, no lo busqué: el libro me vino a encontrar.
Bajé mis prejuicios y entré en la oscuridad del Maestro Torúa.
Ante el mero título temí que “Poetas, Bandidos y Yaquis” tuviera que ver con los egoístas de Cajeme y su No al Novillo, pero Torúa me aclaró era un libro de historia. O más bien de historias. Y entré al libro.
Prosa seca, mineral, de espectros que se rescatan del olvido, de gestas que a veces hasta los que nos creemos profesionales de la Historia solemos olvidar.
Uno y otro capítulo, aislados en apariencia pero ensamblados en un todo: la lucha del anarcosindicalismo mexicano por la libertad de los seres humanos, la llama del magonismo flotando sobre la escoria de esa Revolución de lento aprendizaje que hemos padecido.
Si Durrell tiene Alejandría, Torúa tiene Cananea.
Por sus calles y sus minerales deambulan personajes de los que hemos sabido y otros que recién enfrentamos, como ese prodigioso Fernando Palomares, un yoreme que no nutre su vida de la tradición disciplinada de su estirpe, sino del sueño generoso de los falansterios de Charles Fourier, para de ahí dedicar su empeño en un cambio social que entonces como ahora parecía imposible.
O personajes como Luis E. Torres, lansquenete al servicio del Gobierno como tantos que aun existen, y que sirvió de peón sonorense en Yucatán en contraste con lo que después sería Salvador Alvarado y su proyecto nacional en ese misma lejana tierra cuajada de indómita sangre yaqui, que también ahí tiene cabida.
Reitero: Torúa omite adjetivos, rehúye metáforas: va al hecho y al personaje sin adornos innecesarios, dejándonos el espacio para nuestros propios signos de interrogación y nuestras propias viñetas. Por ejemplo, el fino trazo del repulsivo Salvador Díaz Mirón y su inútil pugna con Santanón, uno más de esos “bandidos sociales”, como los llama Torúa, del tipo Chucho el Roto, Malverde y hasta nuestro Joaquín Murrieta.
Y a propósito de Joaquín Murrieta: fantástica la crónica de la supuesta visita de Pablo Neruda a Cananea, en donde queda un toque de pestilencia por la forma en que ciertos medios descalifican lo que vaya en contra de sus intereses o los de sus amos. Y conste que me mordí la lengua al decirlo.
Hace muchos años, cuando daba clases y trataba de explicar las Guerras Púnicas a un grupo de adolescentes mas preocupados por sus hormonas que por Escipión, uno de ellos me reclamó: “profesor, para que me enseña eso: con la Historia no se puede hacer un sándwich de jamón”.
Y es cierto: con la Historia no se puede hacer un sándwich de jamón ni una torta ahogada y ni siquiera un plato de wakabaki como el que comían los Yaquis en la esclavitud yucateca. ¿Entonces para qué historiamos?
Supongo tiene que ver con cierta nostalgias prematuras o con fantasmas antiguos que habitan en el alma de cada ser humano. Dice Borges que el mundo existe hasta que él piensa el mundo. Los seres y los haceres de la Historia existen hasta que pensamos en ellos y nunca antes ni después.
Torúa nos regala seres: la sombra omnipresente pero ausente de Ricardo Flores Magón, los guerreros festinados por la huelga de Cananea como Práxedis Guerrero, Librado Rivera y Lázaro Gutiérrez de Lara, héroes del silencio ausentes del fasto pequeñoburgués de las Fiestas del Centenario.
Es curioso: hoy me queda claro que la Huelga de 1906 evitó el gran levantamiento armado de los anarquistas del Partido Liberal Mexicano.
Hacemos historia quizás para recordar que el maderismo fue enemigo de la verdadera Revolución, que lidió y quiso ahogar al magonismo y su Tierra y Libertad, que resonando en las cañadas de Morelos y también lo quiso ahogar, como al movimiento de Pascual Orozco.
Somos una patria con Alzheimer: Torúa nos cuenta cómo el periodismo de combate, el de Regeneración, fue la sabia que nutrió a los pocos que al término del conflicto armado lucharon por una verdadera justicia, aunque hallamos terminado en el país rico que ve Ernesto Cordero y que los 80 millones de pobres preguntamos qué pasó con la Revolución.
País con Alzheimer que hoy, a falta del Hijo del Ahuizote, se nutre de líderes sociales que vienen del periodismo, como Javier Sicilia, que recobra aquel sentido de lucha con palabras antes que con armas.
“La Constitución ha muerto”, nos recuerda Torúa en sus “Poetas, Bandidos y Yaquis”, y al término de su lectura, breve, escueta, dura como mineros bajando a la vieja mina para rescatar del olvido lo que fuimos o lo que pudimos haber sido, nos damos cuenta de que en verdad ha muerto.
Y en ese bosque de ideas y héroes, aparece la magna leyenda por rescatar: Teresita Urrea, la Santa de Cabora.
He terminado este viaje por la oscuridad ajena y salgo mejor que antes, con la esperanza de que las palabras del recuerdo se vuelvan vida”.

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