lunes 17 de octubre de 2011



METÁFORA DEL GRILLO SOLITARIO
Hace tiempo los insectos y yo tenemos un acuerdo franciscano: dado que por mis convicciones no me está permitido matar ni siquiera a una mosca, les he pedido amablemente no entren a casa para no tener que romper mi idea de preservar la vida en todas sus formas. Y ni ellos entran ni yo los mato.
Por eso me extraño verlo ahí, a la mitad del baño, ocupado yo en el viejo oficio de evacuar el intestino: era un grillito, minúsculo, pequeño como idea de político, si acaso de un centímetro.
Lucía azorado.
Ahí estaba él, un grillo pigmeo perdido en la inmensidad de azulejos, sin ningún grillo cerca, sin nadie con quien chirriar.
¿Dónde están tus papás, grillito? No me contestó.
Quizás aturdido por el fragor inaudito para un grillo de la voz humana escapó a brincos y se refugió en esa hendidura.
Sentí pena por el grillo: solo, sin comida adecuada, perdido en un universo hostil e incomprensible. Supuse moriría pronto y musité un mantra adecuado.
Y olvidé el grillo.
Un jueves después otra vez yo estaba ahí, en lo mismo, y de nuevo vi que algo se movía. Era el grillo.
Había crecido, quizás unos milímetros, pero había medrado y brincaba con menos miedo.
Sonreí.
Me fascinó su capacidad de sobrevivencia, solo, sin comida adecuada, perdido en un universo hostil e incomprensible. El grillo estaba vivo.
Entonces empecé a preocuparme por él. Ya no entro al baño con la luz apagada por aquello de no lo pises. Y antes de abrir la regadera me cercioro no vaya a estar en zona de diluvio.
Han pasado 5 semanas y hoy lo volví a ver. Ya mide mas de 4 centímetros y navega por los azulejos como vikingo por el Mar del Norte. Sigue solo, sin comida adecuada, perdido en un universo hostil e incomprensible, pero ahí está. Y yo trato de no pisarlo ni matarlo con un regaderazo.
Y viéndolo saltar me pregunté cómo me ve Dios.

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